Entrando a Amador Salazar (San Miguel 30) por la calle Adolfo López Mateos


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Así se aprecia la entrada al pueblo de Amador Salazar llegando al centro del mismo desde el campo “Agua Dulce”. Lo primero que nos encontramos son los restos de la ex hacienda, y al fondo, “el arbolito”.

Lamento decirlo, pero lo único que no me termina de gustar de la calle es el nombre. Adolfo López Mateos, un asesino de campesinos, aquel presidente de México que dio amnistía y un falso abrazo a don Rubén Jaramillo y después ordenó su asesinato. No merece que nuestro pueblo donde tantos jaamillistas hubo tenga una calle que lleve su nombre.

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Resumen del libro “Paula Batalla, Donde quiera que me paro soy yo”


(Autobiografía de una jaramillista)

Luego que me empiezo a acordar lo que fui y lo que soy hoy, digo que mi vida ha sido bonita y triste. Los zapatistas entraron invitando gente y sacando caballos para las infanterías. Cuando se iban a llevar los caballos, mi tío le dijo a mi papá: “de que se lleven mi caballo a que me vaya, mejor me voy con mi caballo”. Cuando veo ya estaban los tres, y otro sobrino. Eran cuatro Batallas que ya se iban con Zapata.

Yo le dije a mi papá, que mis tíos ya se fueron con la bola. Mucha gente con estándares. Eso vi, pero bola no, porque yo quería ver una cosa que viniera rodando. Zapata los escogió no por valientes, yo creo tampoco por bonitos, sino por buenos jinetes y por los caballos. Los ocupó como asistentes. ¿Pero quién sabía leer en ese tiempo para haber ido apuntando todo lo que hacían las familias por la revolución? Como eran asistentes del general Zapata, pues tenían que estar junto a él. Entonces yo lo conocí.

Pegó una enfermedad que cada que entraba a una casa, hasta que no se morían todos. Una peste que trajeron los guachos. Se murió mi tía, un tío, el esposo de ella, y luego mi mamá. Mi papá se quedó en el pueblo, pero de todos modos lo vino a matar el gobierno. Vinieron a tirar un muerto al pie de la ventana y en toda la manzana el gobierno recogió a los hombres para que dijeran quién lo mató. Los tuvieron en un cerrito de Jojutla y allá fue donde le pegaron feo, y de la golpiza se murió mi papá. Mi padre dejó vacas y caballada, pero como Jesús Guajardo nos llevó de leva, cuando yo regresé ya a los quince años, nadie de mis tíos me dijo: “Esa tierrita era de tu padre”. Ni yo nunca reclamé. Todos los hombres se fueron de zapatistas, porque si a un joven de 14 años lo encontraba el gobierno en su casa lo mataban, decían que era zapatista.

Los soldado de Guajardo arriaron con los pueblos, empezando aquí en Tetecalita, Santa Rosa, Xoxo, Atlacholoaya, Alpuyeca, Coatetelco. Yo entonces tenía nueve años. Lo único que hicieron fue recoger gente de los pueblos, llevarlos con todo y sus hijitos. Así nos sacó el gobierno. Llegamos a Cuernavaca, yo traía a mi hermanita de 3 años y medio. En mi casa yo dejé bastante dinero en una caja y nomas me traje un jarrito como de a litro. Dos noches dormí con mi hermanita y abrazando mi jarrito. Al tercer día me levanté y ya no estaba mi jarrito.

Agarré mi roboso e hice la lucha de ir poniendo masa con las mujeres de los soldados. Yo sabía las palabra de sí y no, , pero en hablar español eso era lo más triste, ni para pedir un pedazo de tortilla. Y decía que tenía dos hermanitas y mi mamá que venía enferma, y por eso me daban cuatro memelitas y de comer. Me junté con unas de Tepoztlán. Y se metían en las casas de los que se fueron, se llevaban lo que podían. Yo me encontré una muñeca grandota, bonita y con que gusto se la llevé a mi hermanita. Después se la quitaron los soldados en el tren. De Atlacomulco nos sacaron por las lomas para ir a Cuernavaca.

Ahí fue cuando se fue mucha gente, se desertaron. Si los encontraban que ya se iban les metían su balazote, por eso muchos no se arriesgaron a irse. De cuernavaca nos sacaron a tres Marías. De ahí al Ajusco y después nos metieron a Contreras. Ya no había tantos zapatistas, pero donde caían mataban parejo, sólo dejaban a los niños y a las mujeres, pero a todos los guachos los mataban. A las mujeres ni se las llevaban, ni las ultrajaban porque había esa orden de que zapatista que se burlara de una mujer lo mataban.  De contreras nos llevaron a Buenavista. Se fueron desertando todos. A mi me dejaron. Ya nomás iban dos tías, una hermana de mi mamá y otra de mi papá, pero no me querían. Me le arrimé  a una señora que le decía yo tía Laya. Le decía tía Laya le encargo a mi hermanita, viendo que ella sí la quería, porque yo me voy a poner masa, y me iba. El hambre es hambre.

Cada día yo me decía ¿a dónde voy? ¿qué voy a hacer? Y agarraba mi olla. Si aquel señor comió clemolito y le sobró, iba a la olla. Otro que si quería adobito o caldo de frijoles, iba todo a la olla. Haga de cuanta, para perros. Pero así mantuve a varios que se arrimaron junto de tía Laya. Por eso les digo yo aquí a mis hijos ahora, que si le sobró al niño y lo quieren tirar porque les sobró, que yo hice esto y esto y échenmelo, no lo tiren. Que descargaban el plátano pisoteado, bueno pues, a juntarlo. O descargaban leña, pues vamos por leña para que tía Laya haga la comida. Si van a descargar maíz, ahí estábamos cuidando si viene un costal roto, pégatele por Dios y María santísimaque le rompíamos más y ya el chorrito estaba más grande. Los neveros nos daban nieve y nuestros centavisto porque les barríamos su lugar. Nunca nos socorrió la caridad, era puro trabajar. Fue cuando me dijo Tía Laya: “Mira de aquí ya toda la gente se va, ¿nos vamos también?En eso llega una señora de Tepoztlán, diciendo que nos fueramos para Tacubaya y nos fuimos caminando desde Buenavista hasta Tacubaya. No encontramos donde dormir. En un paredón de adobe, aquí vamos a vivir. Juntamos la basurita y ya teníamos casa. Un día Tía Laya dijo que iba a venir mi tía. Como tres de Tepoztlán fueron por tía Laya. ¡Ay hija! Pues ni modo, aquí nos despedimos. Por ái su marido se fue de soldado, aunque ya estaba viejito lo admitieron. Mi tía que llegó estuvo como quince días y después se fue. Se pasó a llevar una lonita en que nos tendíamos para dormir.

Una señora, cuando me vio asustada me dijo, córrele por tu hermanita y tus cositas que tengas. Tenía una vecindad grandísima. Y que mira, me encargaron de Querétaro una muchacha para que trabaje ¿Te vas con nosotras? Que si me quería ir me llevaba. Llegamos a querétaro. Parece modo de cuento porque salió una ancianita y le dijo a la señora si me prestaba porque su nuera ya compró un niño, que no para que yo lo cargara, nomas para que lo arrastrara en su cochesito Y la señora que no porque la traigo de encargo para fulana.La anciana le empezó a rogar, luego la señora me preguntó si me quería quedar y dije que sí.  Y luego que cuánto me iba a pagar y si se quedaba una se quedaban las dos. Y la viejita que no, sólo quiero a la grandecita, y la señora que entonces no. Por fin la viejita dijo que bueno, las dos. La casa muy elegante, la viejita dijo a la dueña Julita, que traje una niña para que cuide a tu niño. Bueno, nos querían, todos nos querían. Como al mes que empiezan a decir que va a llegar el general. Y que va llegando.

Al tercer día el general Ricardo González, que así se llamaba, dijo bueno y estas niñas, ¿de dónde las sacaron?El general dijo a su esposa, arréglamelas, y anos bañaron y nos cambiaron y así descalzas nos llevó y nos compró zapatos. Ahí fue nuestra felicidad. Estuvimos 4 años con el general Gonzales. Mi hermana ya estaba grande, yo coo de catorce o quince años. Yo nomas era de dar vueltas al niño, en esos cochesitos. Un día el general me preguntó si sabía mexicano. Y yo pues que sí, porque yo no podía hablar bien el español. Y me dijo que mi quehacer iba a ser esto: yo a él le enseñaba mexicano y él me enseñaba español. A él como trabajaba para el gobierno, lo cambiaron sabrá Dios a donde.

El día que nos dijeron que ya nos ibamos, yo decía entre mi, yo no me voy. Y no me quise ir con ellos. Me quedé sola, ya estaba yo como de unos catorce años. Me quedé y mi hermanita nos e quedó. Dijo que se iba con su abuelita, porque ya a Rafaelita le decíamos de abuelita. Jamás de los jamases la volví a ver. Me fui a vivir en casa de una prima de Julita en México, me dieron alojo y trabajaba yo en una lechería. En aquel tiempo no se conocía, no sabíamos del peligro que ahora desde chamaquillas ya saben el peligro que pueden tener. Entonces vivíamos como si nada. En la mañana salían los que entregaban la masa, la llevaban a las avanzadas de soldados que venían reparando la vía del ferrocarril de México a Morelos, fue como por 19019.

Me fui con otras señoras a esperar a que llevaran la masa. Una señora de Chamilpa me preguntó si quería trabajar, y que te voy a pagar 1.50 díarios. Tú nada más recibes y los cargadores suben todas las cajas al tren. Empezamos en Contreras, desde ahí venían reparando para Morelos. Fue en Cuernavaca cuando llegó un señor a comprar. Cuando se fue le digo a la Señora que ese señor se parecía a un pariente. Que voy y que le hablo ¿Qué no es usted suegro de Martín Batalla? Él dijo que sí. Yo soy hija de toribio Batalla, y él que por ahí anda tu tío Beto, el hermano de mi mamá. Le dije, ¿usted es Alberto Saldoval? Y él qué me conoces y yo que sí. Que soy hija de Toribio Batalla y Feliciana Sandoval. ¡Hija!, me dijo, y que empieza a llorar. Ya no me quería soltar.

Si yo supiera que me fui al infierno, nunca me hubiera ido. Con ellos estuve como dos meses. Estaban pobres, pobres. Un día que le digo, mira tío aquí está este dinero y me salí de ahí sin un centavo. Y empezaron a malmirarme. Y a criticarme porque ya no hablaba bien el mexicano. Otra tía, que hasta la vez vive, me decía que si quería irme a su casa, nomas as a cuidar a la niña. Bueno, estaba muy bien con mi tía, pero queda viuda su hermana. Y se fue para la casa con su hermana y después ya no tenía yo mando de la tía sino de la hermana.

Pensaba si me salía de ahí mejor me iba a casar. Ya tenía novio. Me van diciendo que ese muchacho tenía otra. Y si quieres el domingo agarras esos pajaritos. Y ái vamos. Eran sitios vacíos, nadie vivía. Y yo ¡Ay! Dispensen, no sabía que ahí estaban, goncen de su felicidad. ¡Como ha de creer que la venvanza es tan mala, porque no es buena la venganza! Había unos muchachos en la cruz, estaban sentados. Agarré mi escoba y voy a barrer la calle nomás para ver qué me decían. Y uno me habla y que se quiere casar conmigo, me dijo, dije ¿Deveras te quieres casar conmigo? Y él que sí, y yo cuando quieras nos casamos. Fue todo.Dije que sí, nomás para darle en la torre al otro. Un día bajé el chiquihuite de las tortillas, que siempre estaban en un morral por las cucarachas, había tantas que aventé el chiquihuite. Eso bastó para que ese día acabara con todo. Le dijo su papá, ya ves, te avienta las tortillas. Y yo que mire, este chiquihuite está vacío, acá están las tortillas. El suegro estaba acostado y siguió, que ya te dieron agua de quien sabe qué y a ella no le dices nada. Entonces Adolfo que le dice, bueno papá, te voy a hacer el gusto, y fue darme una cachetada. Yo deporsí era brava, y que esto no es circo y que nos agarramos.

Fue entonces cuando me fui a San Miguel Treinta a buscar a los amigos de mi papá y los encontré. Que llego con don Rafael, diciendo que yo era la hija de Toribio Batalla y también que tenía un marido muy loco y porque me quitaron mi sitio y por eso mejor me salí. En San Miguel no había más que 18 familias. Juntó don Rafael a todos los que vivían en San Miguel, y ya se concentraron y les dijo que iban a cortar horcones. Al día siguiente que vamos a cortar zacate. El sábado, don Rafael me dijo, mañana le vas a ayudar a Joaquina, su esposa, porque vamos a hacer una casita por ahí y vamos a hacer de comer. Entre todas hicimos de comer, los señores hicieron la casa, unos trabajando para una cocinita, Otros con otra cosa. La señoras ya quien trajo una gallina. Hicimos mole. Terminaros y ya comimos, fue fiesta. Dijo la esposa de Rafael que fueramos a ver la casa. Doña Joaquina dijo que estaba re’fea, y yo que no, que estaba bonita. Con nosotros entraron todas las mujeres y los señores a verla. Entonces me dice don Rafael, mira, en honor a tu padre, esta es tu casa. Que sentiría yo cuando dijo que era mi casa. Y las señoras me dicen, esta es tu casa y empece a llorar, y yo que les digo que muchas gracias, llorando. Yo no sabía que esa casa que estaban haciendo era para mi. Bueno, ellos yo creo todos sabían, pero yo no sabía, porque a la hora que fueron a ver la casita, ya me llevaban ahí los trastes. Quien llevaba una cazuelita, una cuchara, una ollita, una tinaja. Y viví muy feliz, ahí pasé buena vida en ese cuarto, ya tenía mi casa.

A San Miguel le compraba yo su vestido año por año. Es un San Miguelito grande como un niño. Cuando yo caí en San Miguel, estaba, bueno, este mandil está limpiecito a como estaba él, bien mugroso su vestido y en hirlanguitas. ¡Ay Padre mío! Me socorriste cuando yo caí en San Miguel. Le compré la tela más fina a cincuenta centavos el metro, y le hice la ropa más fina. Fui y lo cambié todo. El vestido con las pulseras, lentejuela y broches, las sandalias, ¡elegante  San  Miguelito!  A  la gente  le dio gusto verlo cambiadito. Es un santito tan lindo que hasta parece que ya le habla a uno con los ojos y yo quedé orgullosa y desde entonces, año por año le cambiaba su vestido. Ya luego otras gentes lo cambiaban, van y me dicen, este año no compres vestido se lo voy a comprar yo. La de San Miguel es una capillita muy chiquita que hizo la hacienda y no tenía candeleros ni tenía nada. Yo tenía amistad con el padre Nicanor que era de Tlaltizapán y venía a dar misa.

Si le digo que fui alborotista. Llegaron las posadas y yo ¿que, aquí no hacen posadas? Y todas pero ¿con quién? Si no hay cantadoras. Y yo que vamos a ver a fulana, a zutana y vamos a hacer posadas.

Y San Miguel se fue haciendo grande, y ya había más gente, más gente se va arrimando y le van dando su pedacito de terreno para vivir y sembrar. Pues ya que hay tanta gente le dije un día a Nico, hay que organizar la música. Ai andamos yo y doña Cleta buscando muchachas que fueran a aprender a tocar música de vento, entre todos lo pagábamos.  Luego vino mi marido de coatetelco y lo metieron a trabajar como chamaquito. Lo llevaba don Rafael a los terrenos. A mi me dieron mi terrenito. Ya tenía 3 tierras. Porque cuando se repartió, lo que usted desmontaba era suyo, así que si alguien tenía mucho es porque él lo abrió. Así fue como me hice de mis tierras. Sólo había tres yuntas que compramos como cooperación. Don Rafael dirigía a los diecinueve señores. Un día trabajaban en este terreno de aquí, mañana si aquí acabaron temprano se pasan al otro, ahí van todos, unos limpiando, otros quitando piedras, otros arreglando. Después se empezaron a morir los señores. Se murió don Rafael, luego Vicente, y ya no jalaba mi marido.

Entré a trabajar en el campo. Y yo ándale párate, y él que no. Ahí dejé todo. Me salí de mi casa. Yo ya tenía a mi hijo, y cuando el niño estaba grande, como de 3 años, Adolfo empezó a mal mirarlo. Que porque no era nuestro. Pero yo estaba re contenta con mi hijo. Él le pegaba, y yo no me lo vas a malmirar, le decía. Un día me fui a la iglesia, y le hablo a la virgen. Soy casada por la iglesia, pero te pido me des entendimiento si dejo al marido o dejo que maten a mi niño de una patada. Así fue cuando oí el silbato del tren, agarré al niño y córrele para Cuernavaca.

No conocía yo a nadie, y todo el santo día toca y toca puertas ¿ y que quieres trabajar? Pero ¿qué, con todo y niño? No me querían por el niño. Cuando veo un viejecillo cuidando en el palacio, y yo señor, vengo de San Miguel, no hallo donde quedarme, déjeme quedar. Y él que sí. Al rato pasó un coche y le viejito se puso a platicar con una señora. Entra la señora y me dice si quiero trabajar y yo que sí. Bueno, pues agarra al niño y vámonos. Y me quedé en su casa. Nos dio un cuarto para nosotros y allí vivimos varios años yo y mi hijo. Como a los ocho años de estar en esa casa me entró el celo, era yo re’celosa con ella. Llégó un día que me dijo que planchara el pantalón de su marido y le dije que yo no me había casado, usted se casó y sólo usted le va a planchar. Y ella como que se enojó, pero no como cuando la hace enojar él. Un día le dije a mi hijo Daniel, que vete a traer un coche. Fui a recoger mis cosas. Esperancita le doy las repetidas gracias y que no la quise como una patrona, la quise como una madre, y que ya Daniel fue a traer un coche, y ya me voy, gracias.

Yo ya tenía de amistad toda cuernavaca y nos fuimos con una señora que conocía. Cuando pusieron la primera piedra del club de golf fuipara allá. Me señalaron quien era el jefe, y yo que vengo solicitando ropa de los peones para lavar. De criada ganaba yo dieciocho pesos y de lavar cincuenta al mes. Ya me salí de casa de Jovita y en la misma calle renté mi cuartito. Ahí volvía estar contenta otra vez.

Pasó que a mi hijo lo machucó un carro, lo saqué más muerto que vivo. Dejé el mandado tirado en la calle. Yo tenía gallinas y no vovlí a mi casa hasta los 18 días, hasta ver a mi hijo aliviado. Se le rompió tanto el hueso que así nos dilatamos en el hospital. Al principio no me dejaban entrar, yo quería romper la pared para ver a mi hijo. Yo alrededor. Me corrían los doctores. Bueno señora ¿qué no tiene casa? O que si ¿no es de aquí? Yo que sí tengo casa, pero mi lugar es aquí. Mi casa y mis cosas sabrá Dios como estén, a mi no me importan, me importa mi hijo. Por fin, como vieron que no me iba me pasaron y me quedé con él en el hospital.

Yo me pelié con la Virgen y también con San Miguel. Me he peliado con los dos pero no en el mismo rato. Fui a San Miguel Treinta y me metí a la iglesia a pedirle por mi hijo enfermo. Tú que tienes el poder ¿por qué has destrozado a mi hijo de sus piernas? Mandé bajar la Virgen para pelear. Le pedí tanto que me lo devolviera enterito y le juré y se alivió.

Con San Miguel fue otro día. Como todos los años, le llevé su vestidito nuevo. Ya había telitas mejores y con esas le hice su vestido  con  adornos  por todos  lados. Se  lo quería poner, por San Miguel que me está oyendo, que no se quería dejar vestir. Yo le tenía las medidas desde un principio y estaba bien hecho. Metía un bracito y no le podía meter la otra manga. Y le sacaba este bracito, le probaba por el otro y tampoco se dejaba. Así batallé hasta que comprendí y me abracé a él. La iglesia estaba llena y no me importó ¿por qué me haces esto?, ¿es que te he hecho algo y no me quieres perdonar? Y entonces volteo y le digo a un muchacho que estaba cerca, que fuera a traer a mi casa unas tijeras y alfileres. Yo ya le rogué, ya le lloré y no quiere ponerse el vestido, entonces te lo voy a poner a la fuerza, lo corto y te lo pongo y con alfileres lo cierro. Ya va saliendo el muchacho de la iglesia y San Miguel que se pone el vestido. Habrá pensado que no se lo pondrían roto y me jor me lo pongo de una vez. Y toda la gente de la iglesia, una  y otra me preguntaban pues ¿qué le hizo? ¿por qué se pelean?

Después nos salimos porque me junté con un señor. Había una señora que me quería harto para nuera y su hijo Alfonso me andaba hablando y yo que no. Era porque estaba más jóven él y yo pensaba que iba a sentir mal cuando me dejara por vieja y haberle gustado una muchacha.

Un domingo llego del cine con mi hijo y me encuentro a mi marido en un rincón. ¿Cómo entro? No sé. Se acabó las vacas, los terenos. Todo los vendió o lo traspasó.  Mientras tuvo vacas y tuvo que vender se llevaba a las mujeres que le gustaban, pero luego que ya no tuvo nada vino a buscar a su mujer. Yo desde que me fui o juré, que si de rodillas llegas no me junto contigo. Fui a ver a la mamá de Alfonso, y ái estoy contándole todo y que vengo a pedirle un favor, que le diga a Alfonso que se presente en mi casa como mi marido, y me dijo que fuera a buscarlo. Cn pena y todo le conté y que si quería ir a visitarme diciendo que era mi marido. El sábado por fin llegó, y ten viejita, con halago, como si deveras fuera algo mio. Él que voy a entregarle la fruta a mi mamá, arregla a Daniel para irnos al cine. Y hasta que ya se iba preguntó, ¿y este quién es? Y yo, mi primo, está de paso, ya se va.

Al otro día fue Alfonso a mi casa y siguió conquistándome. Y yo, voy a poner condición, yo he dicho que cuando encuentre un hombre me va a poner mi cuarto. A los tres días ya tenía el cuarto. Entonces le digo otro pretexto, ora vas a conquistar a mi hijo, si él accede hecho está. Y ya lo conquistó, entonces yo ya quise. Nos fuimos para San Miguel. Nos prestaron una casita. Deveras que mi señor no sabía nada, ni afilar un machete, ni poner correas a sus huaraches. Daniel, mi hijo, ya estaba grande, así que tuve que enseñarle a dos. Ya después los dos andaban trabajando. En ese tiempo, Alfonso era muy animoso y yo seguía de alborotista.

Me dejó, se fue con mi ahijada de confirmación. Y se fue de la casa, pero se llevó todo lo que habíamos trabajado los 4. Mi hijo ya se había casado y él trabajaba duro y también mi nuera. Así que se llevó catorce cargas de maíz. Se llevó la mazorca y el frijol que ya estaba en los costales cosidos. Se llevó los marranos y las gallinas, pero como no las tenía en corral y vivían frente a mi, regresaban a mi casa. Hasta mi cama se llevó. La casa era de adobe, la tumbé y la hice de tabique, hasta ni esa casa quise, hice la mía. Tuvo muchos hijos. Un día quería dejarla y juntarse conmmigo, pero yo nunca más, te quieres juntar conmigo por mi trabajo, porque yo sé trabajar, pero no para ti. Fue entonces cuando le juré a mi hijo que otro hombre no vuelve a entrar, no vuelve a pisar la casa. Empecé a vender gallinas.

Después me fui a Cuernavaca. Llegué a casa de una comadre. Me fue rete bien, puros tambaches de dinero, junté dinero como quien va a barrera México. Y fui a San Miguel. Cuando llegué mi hijo y mi nuera me recibieron como si me hubiera ido un año. Me metí de curandera. De niña yo veía a mi abuelita como curaba huesos. Pero ya de grande me enseñé a componer huesos con una señora. Me los traían casi muriéndose. Los sacaban del sanatorio porque el doctor dijo que ya no se curaban. Fue entonces cuando conocía a Jaramillo.

Un viernes llegué a San Miguel y pregunté por mi hijo. Y mi nuera, como asustada, pues que no está. Que Daniel se iba seguido a casa de Chico Catalán, hacían juntas, iban muchos hombres y mujeres, y nos daba miedo, porque yo sabía de Jaramillo. Allá en la vecindad de Cuernavaca compraban el periódico y se juntaba la gente a oír lo que decían de él. Le tiraban feo, muy feo. Que es un bandido, que se metió al pueblo fulano. Que robaba por aquí y por allá. Para mi era un bandido, aunque no lo conocía. Entonces lo perseguían como buscar a una rata abajo de las piedras. A la gente la golpeaban para que dijeran donde estaba Jaramillo. Y mi hijo con él y que ojalá no los vaya a encontrar la judicial ¿y qué caramba anda haciendo Daniel allá? Y así cada ocho días. Hasta que un día lo regañé. Es un bandido, comprometedor. ¿Tú qué te andas metiendo? ¿Sabes a cuántos han colgado porque sólo le llevaron un taco? Ya no lo hagas por ti, sino por tus hijos. Y Daniel muy tranquilo, nada más si tú lo oyeras, penetra en el corazón todo lo que platica y todo lo que ve por el pobre. Yo sé que roba y mata, le dije. Y él que no es cierto, que a los ricos crueles les sacaba dinero a los que ofendían al campesino, pero no los mataba.

Al siguiente viernes llegan seis señoras. Y poco a poco me van diciendo, queremos que vayas con nosotras a ver a Jaramillo. Y yo, ¿están locas?¿Qué no tienen qué hacer? Y seguía regañándolas, en vez de andarse desvelando ¡cuiden a sus hijos! Y mi hijo, mamá, ¿por qué no vamos para que oigas tantito? Cuando llegamos a la reunión, era de noche. Había mucha gente. Llegaba Jaramillo a una casa y como media hora pasaba y ya había más de cincuenta. ¿Cómo sabían y por dónde venían?, yo no sabía, sólo veía que llegaban de San Miguel, Acamilpa, Atlacholoaya y todos los pueblitos de al rededor.

Desde las primeras veces que lo oí me gusto, porque peleaba por los pobres. Ahí nos contó que en el ingenio les robaban los réditos del azucar. Jaramillo estuvo de consejero en el ingenio y le hicieron la guerra para sacarlo. Y después del ingenio anduvo de pueblo en pueblo. Pero lo perseguían mucho. Haga de cuenta perro rabioso. Al otro viernes llegan otra vez las seis mujeres, Paula, todos los del pueblito nos hemos puesto a pensar y queremos que tú seas la delegada, la encargada de las mujeres. Ni loca que estuviera, respondí. Tú eres muy arriesgada, que tú si tienes valor y bueno, no sé, cuántas cosas me decían nomas para embaucarme. Empecé a trabajar con el grupo de mujeres. Eramos cuatro las delegadas que andabamos juntas. Una de San Miguel, que era yo, doña Rosa y doña Polo y doña Francisca, que eran de Mariaca, de Jojutla y de Zacatepec.

Los enviados de Rubén llegaban como si fueran a curarseLlegaban vendados o como si estuvieran descompuestos de un pie. Tres toquidos eran la seña y ya sabía quién los mandaba. Donde quiera andabamos. Ai voy con mi bolsita de palma y mis menjurjes, y a todos les decía, me voy a México a curar a un señor; voy a ver a una tía enferma a Cuautla o voy a ver a mi hijo a San Miguel. Mentiras, iba yo a una comisión.Ora iba una mujer cnmigo a México, ora otra. Todos daban cooperación para el pasaje.Y luego ibamos a decirle a Jaramillo cómo nos había ido. Aveces tenía que salir huyendo ¿que dónde está? Se  fue a guerrero, anda escondiéndose. Así desaparecía meses.

Se tenía que esconder en los más feo del monte. Si estaba en los cerros ya me mandaba decir dónde. Ibamos yo y doña Rosa a darle respuesta o ver por qué nos mandó llamaro a llevarle comida.  A donde quiera que estuviera a diario llegaba gente, lo seguían. Nomas andabamos peligrando. Una vez hasta Tepoztlán nos siguieron dos hombres. Cada uno llevabamos nuestro chiquihuite con sal, chiles secos y verdes, cebollitas, ajos, poquito de todo, el mandado que doña epifanía ocupaba allá. Doña Rosa y yo nos habíamos puesto de acuerdo. Siempre caminaba una en la banqueta y la otra por la de enfrente. Si me agarran, usted no me conoció y no más se fija pa donde me llevan. Cuando nos seguían en Tepoz, yo para hacer el engaño empecé a gritar ¿No compran chiles secos?, ¿chiles verdes? Y doña Rosa igual. Empezaron a salir las mujeres a ver lo que vendíamos, ¿a cómo el chile seco?,  a tanto. Más caro, era para que no compraran. Pues no, está muy caro, no vendimos nada, pero engañamos a esos hombres porque ya no nos siguieron. Yo tuve suerte que no hubo quien me denunciara, porque a doña Rosa la agarraron. En el periódico salió. Llegó doña Martha, una de la vecindad como preocupada. Que a su compañera ya la agarraron, y yo, pues ¿cuál? Y ella pues la que viene por usted, y se van con su Jaramillo. Y yo, como que no sé nada. Y pensaba pues Rosita, o te pudres en la cárcel o te matan, pero no iré a verte. Y no fui a verla, no fuera a decir, ésta es la otra. Pero no fue por miedo, sino que no podía ir. Le tuvieron 23 días. De noche, la sacaban a golpearla a que dijera todo lo que sabía de Jaramillo, o del partido y de todos. Y ella, no lo conozco, cómo le voy a decir. Y la golpeaban y colgaban del pescuezo y le echaron la reata rasposa y le rasparon el pescuezo. Doña Rosa era bien jaladora y discreta. No todas eran arriesgadas. Que se trataba de ir a un viaje, están las otras y ponían pretextos, y así, sólo doña Rosa y yo quedábamos.

Fui a Tlaquiltenangoa ver al fotógrafo para que me diera unas fotos y me dio 3 paquetitos. Cuando salí de su casa se me pegó un guacho. Me voy a la iglesia y a un santito le meto las fotos en el vestido. No pude, porque el guacho seguía detrás de mi. Cuando el carro empezaba a caminar dí el brinco, pero el guacho se sube y otro. Aquí ya me cargó, pensé. Cuando llegó el carro a Jojutla, me pasé rápido y le dije al “Hueso” al cobrador que abriera la cajuela, y eché los paquetes ahí. Me subí y grita el cobrador Xochi-Cuernavaca y yo que, oiga joven ¿No va a Alpuyeca? No me dijo el chofer. Me bajé corriendo. Los guachos detrás y para disimular llegué a la farmacia. Los dueños eran amigos. El guacho se quedó en la puerta oyendo. Al salir, uno de los que me venían siguiendo me dio un jalón, y a nadie le debo, o ¿qué les debo?, o qué, ¿me conoce y soy de su agrado? Y ¿qué cosas no le habré dicho? Se arrima el otro y me quita mi bolsita. Y yo, ¿qué se le perdió allí? Grosera y enérgica ¿Qué piensa que traigo?Que usted es una vieja sospechosa, una de las arguenderas de Jaramillo, y yo, que sospechosa y ¿qué es eso?, ni lo conozco, si lo conociera me temblarían las enaguas porque dicen que es muy malo. Y ellos, señora, no se enoje. Y deme mi bolsa. Les jugué bonito.

La casa de Mi hijo allá en San Miguel es grande. Cuando venía Jaramillo ya estaban ahí compañeros de Acamilpa, Atlacholoaya, Xoxo, treinta, Temimilcingo. De dos en dos. Tenían que hablar bajito porque aunque las casas estaban lejos nunca falta quien ande averiguando. Un día llegó un muchacho. Doña Paula, que tiene usted aquí a Jaramillo. Y yo como si nada ¿quién te anda contando esas cosas? Y él, vino Timo Rico y mandó a mi mamá a traer a la judicial o a los soldados, pero ya la fueron a denunciar, porque en tu casa tienes a Jaramillo y por eso te vine a avisar. Y que entro y le digo a don Rubén, que ya se fuera porque ya nos denunciaron, y se fueron todos entre las cañas. Se fueron entre San Miguel y Atlacholoaya a lo más feo del monte. De nombre tiene La Carbonera. Llegaron los soldados. Nunca entraron a mi casa a buscar. Le daban vueltas, pero no entraron. Tenía mi parecito de nietos que andaban conmigo. Les decía que cuando les preguntaran quienes son los señores que vienen, les dicen que son unos que buscan marranos o caballos. Porque si dicen quién está, o que es Jaramillo,  a mi me van a colgar de ese guamuchil. Y le preguntan un día a la niña y la niña rete lista. Fíjese que vinieron a pedir a mi abuelita para que se case, que se va a casar. Y la vecina abría la boca. ¿Cuándo se casa? Preguntaba. Quién sabe, yo no sé.

Le tenían miedo porque sabían que el pueblo lo quería para gobernador y porque ya se acercaba la elección. Pero no lo dejaron. Porque dos veces ganó el voto y se lo quitaron. Y empezaron a perseguirlo otra vez. Mataron a muchos delegados y se levantó en armas otra vez. A Mí me tocó con diez personas tumbar la comunicación el día que ibamos a atacar, en un solo día, en una sola hora, todo el estado de Morelos. Iban a dar cuartelazo, decían. Iban a atacar dodne quiera que hubiera soldados, todos los pueblos estaban de acuerdo. Estabamos a las dos de la mañana. Estabamos esperando la hora de Zacatepec. En San Miguel se oye bien si echan un cuete en Zacatepec. Eso esperábamos. Y no hubo nada. Ya amaneció y pues vámonos, cada quien a su casa, no hubo nada. ¿Qué pasó, pregunté? Pues no hubo gente, de unos pueblos eran 40 y salieron 2. Unos dijeron, yo no fui porque tenía un chamaco enfermo. Estaban inventando. Comprendo, decía Jaramillo. Era tan pacífico que no regañaba. Yo sí, enojada le decía a don Rubén, ya ha visto que a la hora de la hora muchos se cuartean. Donde sí se pusieron de malas fueron los de Zapata, ahí mataron al comandante y a otros. De todo Morelos, sólo Zapata salio y se puso feo y ¿quién los ayudó? Nadie.

Una vez entró a hablar con el gobernador y mucha gente afuera para que el gobernador les cumpliera. Y no se cumplió nada. Como a los quince días lo citaron en palacio. Fue una comisión. Yo estaba acostumbrada donde quiera andar cargando mi bolsa de berros. Y para entrar a gobernación llevaba las pistolas entre los berros. A doña Rosa y a mi no nos dejaron entrar, que ya son muchos y nomás pasaron a doña Pifa y otra señora. Nosotras afuera y yo preocupada que si pasaba algo yo traía los cuetes. Le dije al de la puerta, traigo el mandado de la señora y ya me quiero ir, tengo que hacer mi comida. Y él, pásele. Yo vi 2 cartones de cerveza llenos de dinero, de billetes, y oí que a él le decían que le daban casa en el estado que quisiera y le ofrecían coche, que podía llevar a sus allegados, lo que quisiera, pero ponte en paz y deja el estado. Se pusieron a alegar y ellos que andas peligrando y él que, vendido nunca seré. Que ese dinero no le servía. Él lo que quería es para su pueblo, para los pobres. Y le contestaron que si no lo quería, pues ni modo. Salimos de ahí, él venía muy descontento, el gentío detrás de él. ¿Qué dicen ustedes? Pues ái usted, dijeron. Y él, vendido nunca seré, así me han de ver muerto, tendido, tirado, pero vendido nunca voy a ser. Entonces yo le dije, delante de toda la gente, ya vimos que fue cuando iba a dar el cuartelazo y no hubo nada, no hay quien apoye. Ya de plano, ya que le dan todo ese dinero y casa y coche, pues váyase y déjenos por pellejos. Nos falta valor y que usted se anda arriesgando. Ya reciba ese dinero. Pero él dijo que no.

El diecinueve vino un señor que nunca había yo visto. Me preguntó por Jaramillo. Para entonces él estaba pacífico cultivando la tierra y yo ya no desconfiaba mucho. Que sí señor, sí sé. Él que le tengo una carta. Cuando aparece Rubén y yo, que lo he andado buscando, porque esta carta urge. Que cuán presto usted reciba esta carta, por favor, deje el estado. Váyase para otro mientras vemos que pasa. Eso dijo el señor. No dijo más. Él rompió la carta y me echó el brazo al hombro. Ya lo pensaron, ya lo tienen planeado, pero falta que Dios lo determine. Le dije, si es cosa muy dura, váyase don Rubén. Y don Juanito también le dijo que la cosa estaba difícil. Pero siguió diciendo que falta que Dios lo determine. Dimos otros pasos y vuelve a detenerse y dijo, mira, señalando la tierra, a mi me van a sembrar, me van a enterrar pero brotará de esta tierra otro que los va a ayudar a ustedes como los ando ayudando yo.

Ya desde que estuvieron en méxico y el presidente no los quiso ver y se los llevaron presos y los desarmaron, se veían feas las cosas. Fue como el 16 de mayo que los desarmaron y yo le llevé la carta el 19. Todavía él seguía como si nada. Él estaba, el día 23 rajando leña en su casa y la señora cocinando. Ese día se juntaron todos, y también a los muchachos les tocó. Eran cicno ellos. Raquel se escapó. Ella lo que hizo fue correr a la presidencia, informar, pedir ayuda, hablar por teléfono. Eso fue el miércoles 23 de mayo de 1962. Cerca de las 3 de la tarde lo sacaron de su casa entre sesenta hombres, uno de ellos le decían “El pintor”, que había sido allegado de don Rubén.

En la tarde de ese día me gritó una vecina, de acá de Cuernavaca, Paula que ya agarraron a su Jaramillo, y yo ¿cómo que lo agarraron?, ella que sí. No le hacen nada, yo pensé, mañana me manda a avisar dónde está, pero no le pueden hacer nada, le dije a la vecina, porque tiene amparo presidencial. Así me dormí, pensando que no le iban a hacer nada. Pero no, el jueves temprano nos juntamos, que don Rubén no aparece. Y fuimos a Jujutla y toda la familia llorando, también decían que no aparece. Ya tarde llegó otro Familiar diciendo que estaban en Tetecala, muertos y bien descompuestos los cuerpos. Que estuvieron todo el día en el sol. Los levantaron ayer en la tarde en xochicalco. ¿Qué vamos a hacer Paula? Ya mataron a todos, me dijo Tinoco. Me preguntó si íbamos a Tetecala.

Hartos fueron, yo no quise. ¿A qué vamos?, si ya no me ve, ya no me oye, ya no me platica. Ya el viernes que no pasarían los cuerpos a la casa de él sino hasta el panteón los iban a llegar. No hubo mucha gente, nomas unos cuantos en el entierro. Pero se llenó de guachos, hartos. Los soldados hicieron allí un callejón, ái andaban los soldados queriendo otra vez matar a Jaramillo. Mientras le echaban la tierra encima yo no sé qué sentí. Y empecé a gritarle a los guachos, les gritaba a lo loco, puros disparates, puras ofensas. Tinoco, Paulita deje las cosas así, cállese que nos van a agarrar. Cómo que las deje así, si lo mataron. Ya lo habían desarmado y estaba trabajando en paz. Me puede que haya sido a traición, que él haya sido tan confiado, que aunque la amnistía se la dio el presidente López Mateos, siempre le decíamos, lo vemos tan confiado don Rubén, no hay que tener tanta confianza.

Cuando se dieron el abrazo, allá en México, con López Mateos, como que a él le dio asco, como que hizo gestos, como que se burló. Yo lo vi, porque yo quedé del lado de la carota del presidente. Cuando salimos le dije a don Rubén que a mi no me gustó nadita ese señor, que hizo de este y este modo, no se confíe, porque arrugó las narices como si fuera usted apestado. Jaramillo dijo que ese era el carácter del presidente. Y yo seguí, que no le tenga usted confianza. Y sí, Lopez Mateos lo mandó matar, fue rápida la muerte del difunto Jaramillo, en cambio, cuando murió López Mateos, sufrió tanto. Me podía que lo mataron después de andar entre las balas como por los Hornos los jaramillistas acabaron con la judicial y arto gobierno mataron. Y después de andar perseguido por todos lados y estaba así de gobierno muerto, a él no lo pudieron matar. Y primero lo tuvieron que desarmar y mandar a 60 contra él y matarlos a todos, porque si dejaban viva a doña Pifa nomas con la señora tenían para que se cargara a los del gobierno. Aunque era una mujer chiquita, un pedacito de mujer, si a ella la hubieran dejado viva yo digo que ella levantaba a la gente. Pero también la mataron porque le tenían miedo, porque solo con ella teníamos para alzarnos otra vez. Cuando murió él, yo dije, ahora sí se prendió la mecha. Ahora sí, dije, se va a armar la coyotera por donde quiera. Pero no pasó eso. Nada pasó.

En donde está enterrado Jaramillo me ponen, junto de él. Ahí nos ponen a los que quedamos. Todavía existen algunos jaramillistas. Si uno me ve le dice a otro y yo también le aviso a otro y así a veces van a visitarme. Pero donde sí nos vemos es cada año en la tumba de Jaramillo para el acto que le hacen. Vienen por mí para llevarme y me sientan junto a él. Y hasta hablo, acordándome de todo lo que luchamos y tanto que arriesgamos.

Paula Batalla PAOM

Fuente: Carola Carbajal Ríos, Ana victoria Jiménez A., Paula Batalla, donde quiera que me paro soy yo, CIDHAL-Libros, Cuernavaca, 1988.

Paula Batalla (Autobiografía de una Jaramillista)


Donde quiera que me paro, soy yo

Así titularon esta autobiografía. La entrevista y edición, a cargo de Carola Carbajal Ríos y Ana Victoria Jiménez A., CIDHAL-Libros, Serie: Nuestra Vida, Cuernavaca, 1988.

paula batallaPaula Batalla es una mujer que vivió e hizo una gran historia en el pueblo de San Miguel 30, y hace poco nos enteramos de la existencia de este bonito libro, por lo que nos hicimos la tarea de conseguirlo para poder revivir la historia de esta jaramillista en el pueblo.

El resumen disponible aquí. Físicamente, hemos dejado una copia en la biblioteca que se encuentra en la Sala de Cultura “San Miguel 30” y otra en el Centro Social Comunitario “Julio Chávez López”, ubicado en las instalaciones del museo comunitario Rubén Jaramillo en Tlaquiltenango. También estamos haciendo lo posible por digitalizarlo para poder rolarlo con más facilidad a quien lo quiera leer completo.

Vale la pena, revisarlo, ya que Paula Batalla cuenta en esa entrevista muchas cosas de la historia de nuestro pueblo, cómo era cuando ella llegó aquí, cómo se realizaban las tradiciones, los festejos, cuánta gente había, cómo fueron llegando más y el pueblo fue creciendo, cómo se hizo el reparto de tierras, pero más que nada, cómo acompañó a Rubén Jaramillo en esa lucha campesina por la que el lider agrario perdió la vida en 1962… en fin. Hay está el material.

Relatos de un Jaramillista que vivió en Amador Salazar (San Miguel 30)


Mi abuelito también fue un jaramillista. Él falleció hace ya unos años, pero tuve la fortuna de escuchar de su voz varios relatos sobre sus pequeñas participaciones con Rubén Jaramillo. Para quien no lo sabe, Rubén Jaramillo fue un luchador agrario, un campesino que luchó al lado de Emiliano Zapata en la revolución mexicana y que después, a partir de 1943 se levantó en armas en calidad de rebelde contra el mal gobierno en varias ocasiones, pues los campesinos del estado de Morelos, continuaban sin ver la justicia que había prometido la revolución. Perseguido, acorralado y finalmente asesinado, Rubén Jaramillo es uno de los líderes populares que la lucha social y el campesinado de morelos no deben olvidar, y hoy que tengo la posibilidad, quiero dar a conocer aunque sea estos breves relatos que recuerdo haber escuchado de mi abuelo.

“Desde allá, en la loma (señalando hacia el poniente) mirábamos a los pelones como pasaban por el tren, como pasaban por el pueblo. Pero Jaramillo era de buen corazón y no quería matarlos. Él me decía: míralos nada mas, como se nos pasean. Si nosotros quisieramos nos los echabamos bien fácil con una emboscada, pero no tiene caso, ellos simplemente vienen cumpliendo órdenes, ellos no tienen ningún mando, no tiene caso matarlos. Y simplemente los dejábamos pasar”.

Mi papá también me cuenta que mi abuelo era el hombre de confianza de Jaramillo en San Miguel 30, que en ocasiones era el comisionado para llevar los tacos a los rebeldes, y que en otras ocasiones, cargaba las mulas con zacate, y entre el zacate metían los fusiles bien escondidos para llevárselos a los jaramillistas.

Hay una historia más que me cuentan y es una de las que más me impresionan, pues con ella me da la idea de que el pueblo entero estaba con los jaramillistas. Que en una de las veces que los jaramillistas estaban alzados en armas, la casa de mis abuelos ubicada en algún punto de San Miguel Treinta se incendió por accidente. La casa, claro está, de una familia campesina, era de zacate, por lo que el fuego se extendió rápidamente, y por más que una enorme cantidad de vecinos se acercó a ayudar en el intento de apagar el fuego, nada se consiguió, además de que se escuchó todo el tiempo una tronadera.

Sólo les quedó mirar como la casa se consumía en el fuego, y que cuando finalmente el incendio cesó, lo único que sobresalía entre las brazas eran los cañones de los fusiles que la casa escondía. Una gran cantidad de armas, tal que todo mundo  obviaban de qué se trataba, y la tronadera que se escuchaba mientras la casa ardía era la munición que acompañaba a ese armamento, por eso resultó imposible apagar el fuego.

A partir de ese suceso, la familia entró en pánico, pues pensaban que no faltaría quien avisara de lo visto al gobierno y que éste viniera a tomar cartas en el asunto, pues todos los que llegaron a intentar ayudar a apagar el fuego se dieron cuenta de que mi abuelo guardaba armas de los jaramillistas; sin embargo, nunca sucedió, nadie le avisó al gobierno de que un habitante del pueblo era cómplice del los rebeldes. Y por eso digo que este suceso demuestra que el pueblo estaba con Jaramillo.

Tal vez son relatos innecesarios, pues ya hay una gran cantidad de mejores relatos sobre el jaramillismo plasmados en libros y videos, pero aún así, quise redactarlos para que aunque sea de manera informal, haya un registro de ellos. Tal vez y hay muchas personas que al igual que yo, han escuchado de sus padres y abuelos relatos sobre los jaramillistas de los cuales, ningún registro se tiene, y yo creo que cualquier dato, cualquier recuerdo es interesante y de suma importancia para ir reconstruyendo esta historia que vale la pena no olvidar.